Estoy preparando la mochila para viajar hacia el este. Noto algunos cambios en el inventario: llevo menos, sumé el calendario de vacunación, estoy menos ansioso. Volver a armar el equipaje, algo que vengo haciendo una y otra vez desde ese Año Nuevo de 2023 en el que Mendoza dejó de ser mi casa, es el mejor punto de comparación para mi forma de ver los viajes.
Es que armar la mochila es un ritual importantísimo. Te adelanta a lo que pensás que está por venir y te advierte que te prepares. Por eso es tan notable el cambio: lo normal, a casi cuatro años de viaje, es ver las cosas diferentes. Es anticiparte de manera distinta. En mi caso, tengo muy claro lo que esperé y lo que estaba por venir cada vez que empezó un nuevo viaje.
Verano, un año en el paraíso
El viaje por Argentina fue la bienvenida cálida que le dio la ruta a mi nuevo estilo de vida. La mochila pesaba horrores y tuve que aprender a lijarla, a desprenderme de todo lo que llevaba por las dudas y acostumbrarme a resolver con lo que hubiese en el momento si había un problema.
Más allá de conocer cómo subsistir y pernoctar, la gran duda que se disipó fue “qué hacer” mientras viajaba y cuál es la forma “correcta” de ser mochilero.
Creía que había un dogma sagrado que respetar, un código que probaba que uno estaba viajando en el sentido completo y divino de la palabra. Siempre me burlé de los que hablan de ser un “verdadero mochilero”, como si tu estilo de viaje te pusiera por encima de los demás, pero internamente tenía miedo de no estar a la altura, de que la mochila me quedara grande… Y lo logré.
Viajé sin dinero, hice dedo, me alejé de las ciudades, fui a los pueblitos remotos donde no hay turistas. Dormí en pórticos de iglesias, en plazas, en lugares prohibidos, en casas de extraños que conocí media hora atrás. Hice todo lo que creí que un “verdadero mochilero” haría y, en medio de esa euforia, me prometí viajar hasta sentirme satisfecho, aunque significara hacerlo para siempre.
Otoño, algo no anda bien
Mi estación favorita, pero no por eso deja de significar un desafío. La última parte de mi viaje por Argentina y mi coqueteo con Uruguay y Brasil fueron difíciles emocional y económicamente. Quedé varado en Mendoza hasta que pude juntar suficiente para ir a Europa. Cada vez que creo que no tengo presupuesto para conocer un lugar, recuerdo que salí a recorrer capitales sumamente caras apostando a que todo iba a salir bien.
Y salió bien.
En la mochila no había carpa ni bolsa de dormir, sólo una dependencia enorme de que mi presupuesto se amigara con los hostels y que el camino trajera amigos que me hospedaran. Armé todo cuidando cada gramo, pero con demasiados juegos de ropa que nunca iba a usar (o que quizás ya había usado demasiado).
Viajé por Europa, pero en el fondo, no lo disfruté. Me sentí culpable por eso, como cuando te preparan tu comida favorita justo cuando estás lleno. Me cansó dar vueltas sin propósito, no tener con quién compartir el momento, pasar inadvertido por tantos lugares hasta desaparecer. Las certezas viajeras se llenaron de dudas, porque siendo invisible no podés ver bien quién sos.
Agónicamente, recorrí toda Irlanda, toda Escocia y me desplomé en Londres hasta que pude tomar los vuelos que me llevaron de nuevo a Argentina.
Invierno, saber estar quieto
Me volví hater. De los creadores de contenido y de los predicadores del viaje como forma suprema de vida. De los estereotipos mochileros y las hordas zombies de turistas que caen en trampas hechas a su medida.
Me cansé de los viajeros obsesionados por lo auténtico y, por encima de todo, de los perseguidores de algoritmos que edulcoran cada momento y experiencia para que sea un reel, un tiktok, un reflector puesto sobre ellos. ¿Es el cambio de generación y soy un viejo amargado? ¿O siempre fui amargado y ahora lo extiendo a los viajes?
Mi mochila se preparó sin miramientos, como si no importara, sin esperar aventuras. Ese “qué estará por venir” no auguraba imprevistos y en el fondo deseé que el resto de mi vida fuese así. Volví a Irlanda y me corté el pelo.
Me rendí.
Ustedes no lo supieron, pero dentro de mí se formó la determinación de cambiar la mochila por un maletín en cuando surgiera la oportunidad. Sólo necesitaba un golpe de suerte.
Y, por suerte, no pasó.
Primavera, te estaba esperando
Estoy preparando la mochila otra vez. El invierno se termina y lo siento en los huesos, por debajo de mi piel de hombre cómodo con su vida. Lo siento como si la ruta fuese el sol que esquiva la cortina y te da en la cara para despertarte. No pasó algo drástico. No hubo un emotivo momento de inspiración. Un día abrí los ojos y ahí estaban: las ganas de viajar.
Puede que sea porque pienso en todo lo viajado y no me alcanza. Tengo todo el sudeste asiático en la mira. Pero antes Luxemburgo. Y antes Noruega. Creo firmemente que perseguir aventuras es lo que me hace feliz y, mientras el cuerpo aguante, hay que contestar los caprichos del alma.
Mientras miro el mapa, me siento como en una primera cita: los nervios, la expectativa, el deseo desbordante. No me conformo con imaginar los primeros pasos, voy más allá y me digo que si todo sale bien, después de Asia viene por fin Latinoamérica. Que puedo dejar África como el último gran desafío y que todo lo que venga después va a ser completar misiones secundarias, todas esas parte del mundo en la lista que aún no haya tachado.
Este es mi cuarto año de viaje y me preparo lo mejor que puedo porque no dejo de pensar en todo lo que está por venir.

Que trolo. Te quiero muchísimo bro espero cruzarte en algun momento. Y que hermoso encontrar formas de vivir y disfrutar. Le quitaste todas las dudas al Monty de hace 4 años, admirable, en todos los sentidos.